Sueño/Realidad
El suyo era un sueño que había estado persiguiendo desde los quince años… o incluso mucho antes, tal vez. ¿A los cuatro, seis, ocho años? No lograba recordarlo con la claridad que usualmente enaltecía su memoria, cosa extraña para él. Pero por alguna extraña razón ––o conjunto de ellas–– no había logrado estar donde él quería, a la edad que ya tenía.
Así eran infinidad de noches suyas: se la pasaba soñando e imaginando cobre cómo sería vivir la vida que siempre tanto había imaginado. Dueño de un maravilloso departamento, cuyo clóset sería del tamaño del cuarto que habitaba en casa de su madre, y bueno… ni qué decir de los zapatos. ¡Infinidad de ellos! Muchísimos más de los que nunca hubiese podido imaginar.
Pero al revisar un poco más a profundidad el universo idílico en el que se situaba constantemente se daba cuenta que eso solamente sería una recompensa por hacer lo que él amaba en realidad, puesto que a pesar de sentir especial afecto hacia los artículos y comodidades previamente mencionados, entendía perfectamente que todos éstos eran un mero plus, no la meta a perseguir.
¿Cómo era que lo sabía? Fácil: actualmente era empleado de una prestigiosa empresa de tecnología, con un sueldo que muchos de sus compañeros de escuela no habían siquiera pensado fuera algo a lo que ellos mismos pudiesen siquiera llegar a aspirar a su corta edad (y mucho menos tomando en cuenta que tan sólo lo respaldaban profesionalmente dos años de su vida dedicados a un simple y llano call center). Pero a pesar de que todo esto pintaba de las mil maravillas por fuera, percibía una extraña sensación de incomodidad y vacío por dentro.
Poco tiempo después de ser contratado en esta fabulosa compañía, decidió que el guardarropa que al momento poseía no era digno de ser visto en un brillante corporativo ni en los Viernes Casuales, por lo que tomó la determinación de dedicarle un fin de semana entero a la renovación de la indumentaria en cuestión. ¿Y por qué no? Aprovechó ésta escapada para renovarse a él mismo también; chance y de paso se le quitaba ese extraño hueco que por mucho que hiciera para mitigar, siempre lograba inundar su ser.
Siempre le fue perfectamente claro que por muy formal que fuera el trabajo donde llegara a ser contratado él no quería pertenecer a esa gris mayoría que, simple y sencillamente por el código de vestimenta solicitado en sus respectivas oficinas, se resignaban a vestir el mismo traje de lunes a viernes con cambios prácticamente imperceptibles en cuanto a camisa y corbata. Ahora, en cuanto a zapatos se refiere… mejor ni hablar.
Tomando lo anterior en cuenta, decidió no optar por trajes completos, sino por armar los conjuntos por sí mismo. Quince camisas. Diez pantalones. Cinco sacos. Cero corbatas ––por algún motivo sentía una singular aberración hacia su existencia––, y para el calzado decidió emplear la totalidad del día siguiente, así como también del cuello hacia arriba.
Llegó el lunes, y al presentarse en su oficina todos se le quedaron mirando fijamente, completamente petrificados. ¿Qué tanto traían en sus cabezas?
<<¿Será que me veo mal? No, no lo creo. El outfit que traigo fue cien por ciento inspirado en las más recientes tendencias de GQ. GQ nunca se equivoca.>>
<<… Pero viéndolo bien, no pareciese que me estén juzgando. Mas bien parecen aterrorizados. Uno hasta podría pensar que acaban de ver un fantasma. ¿Qué tanto traerán en sus cabezas, entonces?>>
––Ángel, ¿cómo te fue el fin de semana?
––¡De maravilla! ¿A ti qué tal?
––Bien, bien… Oye, ¿estás bien?
––Claro, mujer. Como te dije: todo de maravilla. ¿Por qué la pregunta?
––Pues… tu cabello…
––¡Ah! Es eso. ¿Tan mal me quedó entonces?
––No, no es eso. Es que…
––¿Qué es, entonces? ¿Qué pasa?
––Pues… ¿Quieres que te diga la verdad?
––Sí
––¿Seguro?
––Sí. ¿Por qué te lo estaría preguntando si no?
––Ok. Pues…
––…
––Estéticamente se te ve bien, sí. Pero… Parecieras no ser tú, ¿sabes? Es el corte que todo mundo está usando ahorita por culpa de Zayn Malik, pero tu cabello largo y rubio, pues… Ese sí eras *tú*.
Fue hasta ese momento que se dio cuenta que por muy bonita que fuera la ropa que se posaba sobre su cuerpo, muy caros los zapatos que calzase, y por muy estético y “de moda” que fuera el corte de cabello que se hiciera, todo eso nunca iba a poder ocultar el hecho de que se estaba acercando día a día un poco más a todo aquello que siempre había temido ser: uno más del montón. Uno de esos que, para cubrir la frustración que les provocaba haber renunciado conscientemente a sus sueños, se rendían ante los lujos y comodidades que una vida corporativa les podía ofrecer.
Supo también en ese instante que no podía pasar un día más ignorando el anhelo que sabía era el más grande que existía en su vida.
Necesitaba volver a subirse a un escenario, a presentarse frente a un público, sentir de nueva cuenta los nervios, la emoción, el fuego que encendía su ser al recibir todos esos aplausos y ovaciones que siempre, gracias a su esfuerzo, se aseguraba ganar. Debía volver a sentirse como él mismo: cantar.
Necesitaba volver a vivir.
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